PERCEPCIÓN

¿Qué puedo recibir? ¿Qué puedo descubrir?

El aire tan cargado de sorpresas, olores, pensamientos y suspiros, partículas de sueños, primaveras o inviernos.

Me dejo envolver y así me pierdo, es como diluirme en el espacio abierto, dejar que me traspase y ser yo misma el viento que recibe y se da al mismo tiempo.

¿Qué tengo que mirar? ¿Qué puedo percibir?

Colores infinitos que me llegan de las flores y el cielo, de la tierra callada, de tu cara, el intenso arco iris que me deja tu mirada. El tronco de los árboles, las piedras, los pájaros, el cielo y las estrellas… Las calles, las ciudades, bellezas y miserias que me llegan pintadas de colores y en relieve.

Es como si al mirar me deshiciera y fuera a formar parte de todo lo que viera.

¿Qué tengo que escuchar? ¿Qué puedo oír?

El ruido de los hombres. El susurro del viento entre las hojas, el murmullo del agua, el incesante canto de los pájaros, las voces de la primavera y del otoño, con su crujir de hojas secas.

Y aquellas otras voces que se quejan, que lloran o se alegran, que cantan o se callan, que sueñan en voz alta o desesperan sintiendo que no hay nadie que las quiera.

Las oigo y soy sonido como ellas, y al ser sonido vuelo, ingrávida y ligera.

¿Qué tengo que oler? ¿Qué puedo distinguir con mi nariz?

El olor a azahar en primavera, el camino humedecido por las primeras lluvias del otoño, el salitre del mar, la arena, el asfalto de las carreteras, el pan recién cocido, el olor de mi niñez escondido en un armario, la leña en la chimenea… el aroma de la vida que se estrena, el olor de la ilusión y de la pena, de los sueños, del camino, de las manos que se ayudan y se estrechan, el olor de la traición y el de la coherencia… Sutiles fragancias que nos llegan cargadas de sensaciones que un día, se escaparon escondidas en olores y han vagado fugitivas desde entonces.

Y siento que me hago aroma de las flores, que toda yo soy olor con los olores y recibo y me doy, y dejo de ser y soy.

¿Qué tengo que tocar? ¿qué puedo distinguir con estas manos?

La suavidad de un pétalo de rosa, el frío del cristal, la tibieza de la vida que respira, la ternura de la hierba recién nacida, la aspereza cálida de la tierra que se deshace en mis manos, el brillo de las estrellas que se escurre entre mis dedos.

Y me dejo estremecer al rozar tu soledad y tu alegría, al acariciar tus penas, al tocar tu corazón cuando en un descuido, lo dejaste al aire libre desvalido.

Y me convierto en caricia, que experimenta, que siente, que acoge y que regala, gozosa al comprobar, que sólo con mis manos he podido tocar el infinito.

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